EL MUNDO DE LOS DESEOS
Manuel Delgado
Dorelia Barahona acaba de publicar su nueva novela, titulada Los deseos del mundo. Un hermoso título, cosa rara en la literatura costarricense, en que el título suele ser, salvo excepciones, lo menos atractivo. Oyéndola después en su presentación, comprendí sin embargo que había comprendido mal esa secuencia de cuatro palabras, y que hubieran sido más atractivas las de la frase que sirvió de explicación: Todos los deseos del mundo, o Con todo los deseos del mundo.
Pero bien, título aparte, hay que decir que se trata de una bella novela.
Dorelia es una escritora madura, no por su correr por los años, sí por su correr por la literatura. Desde su primera obra, De qué manera te olvido, nos sorprende con cosas nuevas, con búsquedas que no siempre concluyen en encuentros, pero que en ningún momento carecen del debido acicate para la lectura. En especial, es una obra que no nos deja impávidos. Por el contrario.
Dos grandes atractivos, peligros o retos contiene la obra. El primero es su forma, un juego de “literatura en la literatura” en que personajes y escritores se revuelven y se confunden. Se trastruecan, se intercambian los papeles, sería mejor decir. De ello hablamos más adelante.
Segundo, su nudo emocional, su historia de amor y desamor, su reto anímico, erótico y vital.
Breve exposición de su contenido:
Cuatro amigos, Betania y tres hombres, se reúnen a disfrutar del licor y de la tertulia. Surge la idea de realizar entre ellos un concurso de cuentos eróticos. Cada uno va escribiendo el suyo, aunque en realidad los cuatro escriben el mismo cuento.
De ese ejercicio surge un personaje, Ofelia, quien enfrenta la terrible experiencia de haber perdido a su niño recién nacido y haber asesinado a su marido. Perseguida por su miedo al castigo huye al exilio, aislada de todos sus antiguos familiares y amigos. Años más tarde descubre que su ex marido no murió y que no pesa contra ella ninguna acusación policial. El personaje intentará rehacer su vida.
En contrapunto la novela cuenta la historia de otra mujer, Betania. Casada, madre de dos hijos, divorciada, dejada del amor y la vida, esta mujer intentará también rehacer su vida. Solo que su segundo intento es una vuelta fracasada al pasado.
En el ir y venir de historias y personajes, Ofelia y Betania se intercambian su papel de escritoras-personajes, y una pasa de ser un personaje real a otro imaginario y viceversa.
Hasta aquí la historia.
En su viaje a Barcelona, ese viaje que el caballero realiza por una única vez al mar, ese viaje que lo llevará a la derrota y al abandono de la caballería y, por tanto, de manera indirecta, a la muerte, en ese viaje don Quijote tiene la oportunidad de encontrarse con un taller en donde se imprime la versión apócrifa de Avellaneda.
El caballero mira con discreción aunque no sin desdén, y luego, caballerosamente, sigue su camino. Sigue su camino de la vida, de la verdad, de la realidad verdadera, y deja atrás la falsedad de literatura.
La literatura puede tener varios fines. Uno primero es el de contar historias que son verdaderas, que ocurrieron a personas de carne y hueso. Otra, el de contar historias mentirosas que sin embargo parecieran que le han pasado a personas de carne y hueso. Otras, como la de Pantagruel, de contar historias que nadie va a pasar por verdaderas.
Pero además de la manía de narrar, la literatura se atreve al arte de la creación, no literaria, sino vital. Crear vida desde la palabra es un absurdo que solo puede recoger el libro del Génesis, pero al menos la literatura se hace el cargo, debería decir el sueño, de que eso puede ser verdad.
Crear de la nada desde la palabra. En Niebla, por ejemplo, la novela por excelencia de Miguel de Unamuno, el personaje se sale de la obra, anda por las calles, sube las escaleras y toca la puerta de don Miguel, para pedirle que no cumpla con su deber de escritor de matarlo, para pedirle el absurdo de que le permita seguir con vida, el absurdo de la eternidad.
Esa misma tentación de ir más allá de la palabra, de la historia más o menos bien contada, tienta en esta ocasión también a Dorelia Barahona.
La novela, aparentemente, nos habla de unos personajes que se reúnen a tomar tragos y hablar de literatura y que luego pasan, impulsado por el sopor del licor y del ocio, a los dos más grandes pecados del mundo: hacer el amor y hacer literatura.
Pero eso es, hay que repetirlo, solo la apariencia. La verdadera verdad es que la literatura ha producido ese acto de creación, y a partir de la máquina de escribir o el computador hay personajes que se sueltan a andar por el mundo.
El misterio de la creación desde la nada o desde la palabra se esconde, o más bien se explicita, que en definitiva es lo mismo, se arropa o se vista, en esa confusión de autor personaje.
Betania Romero, la Bet debajo de la mesa, la que “se había acostumbrado a pedirle muy poco a la vida real...” porque “solo poseía la invención de la historia, un juego”... como dice en la página 91.
De ese juego surgen los personajes, unos tan claramente inventados como ese personaje shakespereano llamado Ofelia Leandro, otros tan falsamente reales como Orosco o Tales.
Ante la primera mirada, cuatro pares de manos escriben una historia, un cuento erótico que no tiene nada de erótico. Ante una mirada más atentas, todos, escritores y personajes, nacen de la fuerza creadora de Betania, que termina aseverando, demostrando, dejando fehaciente ante nuestros ojos, la futilidad de los cuentos eróticos.
Pero los personajes son más fuertes que sus autores. Como la pintura de una mano que se pinta a sí misma, es el personaje aparente el que termina por escribir la obra. Los otros son su creación, su invención, en un juego en que la literatura es más fuerte que la vida.
Ofelia Davis escribe su guión, mientras el ave se posa en los alambres. “Así es como se hacen las familias, sin ninguna seguradora”, afirma.
Ese es el método, el truco, la llave que abre la puerta.
Tras la puerta está Dorelia, estamos nosotros. Dorelia y yo y la mayoría de los que aquí estamos pertenecemos a una generación trunca, mutilada por un sueño que no podía ser realidad. Independientemente de cualquier conclusión política, eso hay que repetirlo, independientemente de cualquier conclusión política, crecimos en un mundo donde la palabra era fuerza creadora.
Salimos de cascarón del libro bíblico, para caer en una teoría donde la idea, la utopía, iba a conquistarse el derecho de reconstruir el mundo. Y eso no solo tiene que ver con la política. Toda la vida social iba a poder ser reconstruida de acuerdo a nuevos parámetros y nuevas formas de hacer relaciones entre los seres humanos.
Pero el mito de la creación por la palabra o por su contenido, la idea, se nos quedó trunco, y las mentes perdieron la razón de vida. Precisamente la vida perdió todo sentido, como no fuera reclamarnos un cada vez más perdido derecho del placer.
De una forma a otra, de esta derrota, que es nuestra derrota política, pero también la derrota de cada uno frente a sus sueños, surge esa búsqueda. En algún recodo del camino nos quedamos perdidos, solo que no sabemos cuál es ese recodo ni cómo llegar a él.
Sumida en una vida aburrida, castrantemente superficial, cargada de emociones fáciles y de culpas insoportables, Betania experimenta esa misma impotencia. Es la misma de Ofelia. Es la misma de todos los personajes, que parecen variaciones de un mismo prototipo. Cuando cree que pudo haber encontrado el hilo de Ariadna, el hilo se rompe, lo rompe esa naturaleza que Ofelia quiere recobrar con su regreso de un exilio absurdo, porque en el fondo todo huimos de nuestros propios fantasmas. No hay vuelta atrás, no hay camino al pasado, aunque a veces la ilusión prenda una llamita en nuestras almas.
Dorelia Barahona nos tiene acostumbrados a la buena literatura y nos trae ahora la que considero la mejor de sus novelas. Es una meditación sobre nuestra vida, sobre nuestros amores, sobre nuestros sueños rotos, y una ilusión de que en nuestra madurez la vida, el amor y los sueños tienen otra oportunidad.
En ese amor y desamor que es la vida, y sobre todo la de nuestra generación, Dorelia tiene un espacio para brindar, como ella misma ha dicho, un homenaje a la literatura y al escritor. Para ello, uno y otro vuelven a ser demiurgos. Porque nadie es capaz de creerse el cuento de que por medio de las palabras podemos crear un átomo, pero sí podemos reincidir en el sueño prohibido de creer al menos que la palabra nos puede dar el chance de reinventar la vida.
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Los deseos del mundo de Dorelia Barahona:
El espacio transgresor y el tiempo discontinuo
Gabriela Chavarría
Los deseos del mundo, Alfaguara 2006, la última novela publicada de Dorelia Barahona, podría considerarse en las primeras páginas aparentemente una novela de y para escritores (as) por la situación con la que se inicia la novela: una noche de tragos en la que un grupo de colegas-escritores decide escribir un cuento porno pero como puede ocurrir con cualquier chiste, incluso bueno, que se torna en algo serio y digno de reflexión, así la narración va tornándose ante los ojos del lector en otra cosa, de manera que cuando alguno de los personajes exclama con asombro: “!Puta! esto es una novela”, al lector (a) no le queda más remedio que decir sí y también es una buena novela.
Dorelia Barahona recrea en este texto la relación vida-arte y lo hace desde un espacio altamente subversivo. El espacio desde donde estos escritores comienzan su narración es simbólico en la medida en que se convierte en un lugar generador de creación artística y de transformación de los mismos personajes, a quienes vemos bebiendo en exceso, fumando indiscriminadamente cigarrillos corrientes y puros de marihuana, trasnochando o yendo al prostíbulo como lo hace Tales quien termina muerto o casi muerto por una sobredosis de cocaína. En general, la ambientación de la historia de los escritores apunta a los lugares propios de la bohemia artística. Es el espacio ideal para que ellos vayan sufriendo cambios en su vida conforme van desarrollando las diferentes historias que están creando. La bohemia tiene la característica de ser fluctuante y camaleónica, imposible de ser clasificada como espacio fijo de ningún grupo social más que el del bohemio. Por su misma condición transgresiva, la bohemia se presenta muchas veces como la etapa de un proceso y ha sido definida por César Graña como “un país mítico, un estado mental, un lugar de juventud y desencanto” es, por tanto, un espacio de transformación donde las reglas culturales quedan suspendidas y se puede ser el otro (a) o los otros que no se puede ser en los espacios culturales definidos. En opinión de Marke Benney, la bohemia es un espacio urbano de experimentación de roles sexuales y sociales, un espacio también de resistencia cultural y política pues implica un distanciamiento de los valores institucionalizados.
En su estudio sobre la bohemia en México, Sergio González clasifica los espacios de la bohemia en el café, el prostíbulo, la zona roja, la taberna y la cantina, señalándolos como el espacio de lo marginal, desde donde se pueden generar cambios políticos y se puede vivir en contra de los valores propios de la ideología dominante. Como ejemplo este autor demuestra que el modernismo mexicano fermentó en esos espacios su rebeldía contra la moral pública del porfiriato.
De igual manera, Los deseos del mundo, desafía los valores culturales establecidos por cada uno de los personajes haciéndolos replantearse las reglas y la moral con la que han vivido hasta el momento.
Digna heredera de la vanguardia artística, Dorelia Barahona arremete también contra una moral burguesa que aparece rancia para esta generación de artistas. Con gran maestría los personajes escritores de esta historia realizan una actividad esquizosémica en términos de Jordi Llovet. “La actividad esquizosémica del sujeto es el proceso significante en que se asegura la progresión del sujeto en función de la transgresión del orden simbólico/social propio de la colectividad. Por dicha actividad, por el gesto de la Esquizosemia asumida por el sujeto, la instancia subjetiva se procesa procesando el orden social del lenguaje, pero, al mismo tiempo, el orden social queda globalmente reestructurado, pues ha modificada la tesis que une al sujeto con la sociedad”
No otra cosa hacen estos escritores sino rescribirse, reinventarse a sí mismos (as) en sus historias y, a la vez, reorganizar, modificar, tachar, borrar e reinventar el orden social que se les ha impuesto y las reglas morales que los han aprisionado. Finalmente lo que se legitima es la transgresión como un camino de búsqueda y de encuentro del nuevo ser que surge en cada uno(a) de ellas a partir de sus deseos.
La novela es mucho más que una novela de formación de personaje o de
penetración psicológica, Los deseos del mundo conlleva el desenmascaramiento de la doble moral burguesa y legitima el arte como un espacio para construir un nuevo orden cultural.
Especialmente con esta novela, Dorelia Barahona muestra su dominio del tiempo novelesco. La habilidad con el manejo del tiempo le permite adquirir profundidad en los niveles de la narración, con los cuales introduce al lector (a) en la ruptura de la realidad y la ficción, haciendo que el grupo de escritores que aparentemente escriben esta novela en un presente real se conviertan en personajes de lo que están escribiendo y viceversa. Más que meta-narrativa, esta novela produce en el lector una apertura en la concepción del tiempo existencial como algo discontinuo y relacionado.
La novela nos recuerda algo de Rayuela de Cortázar pero sin dar saltos entre presentes simultáneos, más bien Los deseos del mundo juega con el pasado y , desde un presente que se mantiene durante toda la narración, va insertando los distintos recuerdos de los personajes femeninos que llegan a confluir en la vida de Betania, la escritora, quien como ella misma dice en la novela: “piensa en la historia que está escribiendo. Empiezan cuando terminan. Terminan y empiezan, empiezan y terminan, simultáneamente, si pudiéramos viajar por los huecos de los gusanos cósmicos” (88) En efecto, el enlace de las partes y las historias está tan bien logrado que se asemeja a la cinta de Möebius en la que el tiempo exterior e interior de los personajes fluye sin detenerse. Novela de gran penetración psicológica y existencial, que muestra las diferentes facetas de la naturaleza humana, desde lo animal-sexual hasta lo místico y mágico. Una novela de esperanza y afirmación de la escritura como medio de transformación personal y colectiva que, sin duda alguna, vale la pena leer
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