DORELIA BARAHONA-RIERA
Libros

De que Manera te Olvido.
Premio Juan Rulfo. 1989. Editado por ERA en México, por la Editorial Costa Rica y la Editorial Piedrasanta de Guatemala.en el 2007.

Sinopsis:
Es una sugerente invitación a conocer la intimidad de tres mujeres: Claudia, María y Leda. Exenta de sentimentalismos, esta novela, introspectiva y metafórica, irremediablemente nos remite a las despedidas, de la primera vez de todas las cosas, las ausencias de lo que ya no vuelve aunque insistamos, y recuerdos que empiezan a llenar nuestras instancias, mientras que tejen la existencia.

Los telares de la memoria
De qué manera te olvido de Dorelia Barahona
Carlos Villalobos.
Prof. Teoría Literaria. Universidad de Costa Rica.


Estamos llenos de metáforas y por algún descuido hemos creído ciegamente que son pequeños ángel asexuados. Pero no es cierto. Las metáforas son libidinosas y maquiavélicas y no es tan fácil que puedan esconder la sombra del diablo detrás de su escote de monja.

Una típica metáfora referida a las mujeres escritoras es la de tejedora de palabras. Pocas veces se diría esto de un hombre, quizá porque esta metáfora se asocia con antiguos mitos como el de Penélope tejiendo mentiras en Ítaca o el terrible artilugio de las parcas que hilan, devanan y cortan nuestra vida. En la dimensión simbólica de esta comparación es posible hallar un juego de implicaciones perversas: Estamos frente a una metáfora doméstica: La mujer prepara el tejido como prenda de vestir. De esta manera la palabra femenina se presenta como artesanía, o peor aún: es una araña que fabrica peligrosas trampas.

La tejedora de maldades, metáfora que nos legó el imaginario patriarcal a través de códigos legales o las misóginas epístolas de San Pablo, han afectado directamente la recepción literaria femenina. Yolanda Oreamuno inaugura en América Latina las técnicas de los devaneos psicológicos, pero la crítica solo reconoce a Juan Rulfo. Eunice Odio es un puente iconoclasta entre la irreverencia vanguardista y la rigurosidad magistral de la poesía universal, pero durante muchos años los críticos buscaron la forma de echarle tierra a sus palabras.

Menos mal que hoy, por lo menos, ya estamos desactivando esta trampa ideológica y con menos sesgos de género, aceptamos que todo texto, la palabra lo dice, es un trabajo de hilado artístico, eso sí casi siempre peligroso. Estamos rompiendo con la perversión peyorativa de la metáfora artesanal.

Esta ruptura necesariamente ha llevado a reconfigurar el canon latinoamericano, a rescribir el catálogo estético y a reconfigurar la historiografía literaria. Aunque el reclamo de las mujeres lleva siglos, en realidad este quiebre se empezó a gestar con más fuerza a partir de los años ochenta y a esta altura, veinte años después, aún apenas empieza. Los resabios patriarcales aún están vigentes, a veces tan intersticialmente que ni siquiera nos percatamos de las trampas metafóricas.

El libro de Dorelia Barahona que recién acaba lanzar en segunda edición la Editorial Costa Rica es una de esas señales premonitorias en la reconfiguración del canon latinoamericano. Ganó el premio “Juan Rulfo” de Primera novela en 1989, otorgado por el Instituto Nacional de Bellas Artes de México. El jurado atisbó el sentido trasgresor del referente femenino y la desinhibida enunciación que retaba en este momento la vigilada moral de los patriarcas, pues la narración penetra la intimidad femenina y se atreve a la sancionada poética del erotismo.

Pero más allá del referente genital como recurso de profanación, el texto ensaya una poética ginésica que abre una vertiente novedosa en la literatura latinoamericana: el intertexto culinario que explora Laura Esquivel con un éxito sin precedentes precisamente por esa fecha, también aparecen en este libro de Dorelia; lo mismo ocurre con las alusiones a las canciones populares, sobre todo a propósito de la eclosión titulológica que remite a conocidas piezas musicales. Esta poética ginésica rompe con los fueros épicos del relato político nacional y se asoma al ámbito privado humano. La cocina, la cama, el espejo, un pubis, el olor de la noche, un beso: todos estos son motivos que empiezan a desplazar el canon temático de una literatura que ya aburre de tantos revólveres, obreros desahuciados, intrigas electorales y minifaldas que sirven como señuelo de chequeras.

De qué manera te olvido se ancla en los cimientos de un nuevo modo de imaginar la cultura. Se estaban creando las condiciones para pensar nuevos sujetos, entre los que destaca el femenino. La importancia de estos discursos es que consiguen hablar de la mujer desde otra dimensión que no es la lógica posesiva del falocentrismo. Son mujeres al borde de un ataque de nervios, como avisa el cineasta español Pedro Almodóvar, pero mujeres que emergen del olvido para decirlo. Son mujeres en busca de su propio rostro.

Pero no ha sido fácil, los que defienden el canon tradicional, acusan a esta nueva estética de kitsch o ligth. Creen estos defensores de la estética patriarcal, que con solo poner un héroe bélico, ya la novela se libra de estos delito, y en cambio si ponemos una lágrima corriendo por una mejilla enamorada, estamos frente a un subgénero. Sin embargo, urge responder que lo que marca la diferencia entre lo heavy y lo light, es decir entre lo legítimo e ilegítimo en el marco institucional de las estéticas no es el tema ni el motivo: es la habilidad para descubrir la sombra de lo ideológico donde otros no la ven. Y es precisamente ese el gran acierto de esta novela: Dorelia Barahona logra mostrar la herida precisamente en el punto donde otros no sabían que estaba doliendo. Donde la literatura escrita por los hombres no se había percatado de las fisuras, las mujeres escritoras encontraron una armazón de mitos escondiendo los añicos.

De qué manera te olvido es una historia que trastoca la ilusión adolescente del príncipe azul y muestra las dificultades del amor porsiempre. Tres mujeres jóvenes, unidas por la complicidad de las primeras experiencias amatorias, siguen a través de su vida caminos distintos, que las conducen a fracasos diferentes. Al final, no solo se ha perdido la certidumbre, sino también el amor, la juventud y en el caso de Leda, la vida misma. Más allá del recuento de los desengaños, Claudia, la narradora, busca en la ceniza una señal para seguir viviendo. Esa señal es el olvido.

Olvido y memoria se conjugan como el anverso y el reverso de una cinta de Moëbius, pues a Claudia se le olvida de olvidar. Toda la novela es entonces un recuerdo que atormenta: una retrospección para atar los cabos del pasado y desatarlos. Igual que la metáfora de los telares literarios, la memoria teje y desteje, como Penélope, los hilos de la historia. Pero esta vez, el tejido no es una voz artesana recluida en lo doméstico: es una voz que busca cómo destejer las metáforas del Diablo.

De que manera te olvido, una novela de iniciación
Rodrigo Soto

“Lo que es profundamente verdadero para uno, es profundamente verdadero para todos”, nos legó en su testamento el escultor Rodin... Probablemente algunas escritoras y teóricas de la literatura rebatirían la sentencia, argumentando que la perspectiva, la dimensión o la experiencia de género, atraviesa todos los niveles de lo individual y lo colectivo, y que por ello hay un “sustrato” femenino inaccesible a los varones, y viceversa.

Creo que sobre este asunto no conviene extremar posiciones, pues dudo que haya un varón que no reconozca en su interior una o varias “voces” femeninas (entre los escritores, Alberto Moravia, Lawrence Durrell y Cortázar, por ejemplo, destacan por el vigor y la constancia de sus voces femeninas) ni mujer que no haya escuchado, entre las suyas, algunas que expresen su dimensión “yang”, fuerza y principio cósmico predominante en lo masculino. (Entre las escritoras, Marguerite Yourcenar, Virginia Woolf o Cristina Peri-Rossi, son buen ejemplo de creadoras de fuertes voces masculinas...)

De modo que el asunto tiene matices: por una parte, advertimos que “lo femenino” y “lo masculino” son principios de influjo universal, pero por otra reconocemos que estos principios no se manifiestan en la realidad con la pureza abstracta con que los conceptuamos, sino dentro de los márgenes de la “inevitable ambigüedad del ser”, parafraseando a Kundera.

Aparte de lo anterior, es sin duda cierto que la voz de la mujer –la pluralidad de voces de las mujeres- fue largamente silenciada por el poder dominante y patriarcal.
Por ello, no puede menos que celebrarse el aún reciente –y aún dudoso– resquebrajamiento de dicho poder, y la magnífica eclosión de voces-de-mujeres a que ha dado lugar. No solo las mujeres, sino la sociedad en su conjunto, se enriquece con ellas.

En Costa Rica existe un largo antecedente de mujeres que han creado literatura. Carmen Lyra, Yolanda Oreamuno, Eunice Odio, Julieta Pinto, Virginia Grütter, Rima de Ballbona, Victoria Urbano, Carmen Naranjo, Tatiana Lobo, Myriam Bustos, son algunos nombres señeros de una lista necesariamente incompleta...

Durante la primera mitad de la década de los 80, emergió una generación de poetas magníficas, que llevó a los medios de comunicación –siempre tan propensos a las explosiones y los “boones”–, a hablar de un “boom” de la poesía femenina en Costa Rica: Ana Istarú, Diana Ávila, Mía Gallegos, para mencionar solo a algunas, justificaban esa apreciación.

Pero pocas, muy pocas narradoras conocimos en ese período. María la Noche (1985) de Anacristina Rossi anuncia la vuelta de tuerca y el retorno a la fertilidad. En pocos años, su publicaría una cantidad considerable de títulos, algunos de ellos “ópera prima” de sus autoras. El Expediente y La última seducción, de Linda Berrón, Las huellas de Abril, de Alicia Miranda y La sombra en el Espejo, de Emilia Macaya, son algunas, a las que se unirían algunos años después Magda Zavala y Tatiana Lobo con sus novelas históricas.

A ellas se sumó en 1990 Dorelia Barahona, con la publicación de su novela De qué manera te olvido, merecedora del premio “Juan Rulfo” concedido por el Instituto Nacional de Historia y Bellas Artes de México, y publicada inicialmente por la Editorial Era, en ese país.

De qué manera te olvido nos sumerge en el mundo de la adolescencia, el despertar de la sexualidad, cuando la conciencia se abre al mundo: el tránsito a la “edad bronce” helénica, visto y vivido a través del prisma de tres amigas. Tres amigas: tres destinos evocados con ternura a veces, con ironía otras, con lucidez siempre.

Si, como decía Pavese, “trabajar cansa”, no hay duda de que “crecer duele”. Y con dolor crecen Leda, María y Claudia, esta última personaje-conductor de la novela. Con dolor dejan atrás El Tiempo de la Primera Vez, el tiempo de las cosmogonías personales, y se introducen en el Tiempo de las Repeticiones, el tiempo profano de la madurez, los pactos, las transacciones.

Para decirlo sin tapujos, De qué manera te olvido es una novela del desvirgue. Sobre todo literal. Sobre todo metafórico. Y también literario. Porque se trata de la primera novela que publicó Barahona.

De qué manera te olvido, sí, ¿pero quién olvida, quién recuerda, quién busca a quién? ¿Busca Claudia a Otra Claudia, que dejó el pellejo y la frescura a la vuelta de los años? ¿Busca a María, busca a Leda, que es otra manera de buscarse a sí misma? Olvidar/Recordar, ¿qué es más importante en el trance de renovar los ojos y la piel? Esta oposición tensa los hilos de la novela. Por eso el texto está cargado de un fuerte tono evocativo, a veces directamente nostálgico. Si, como dice Luis Cardoza y Aragón, “la memoria es otro escenario de lo real”, ¿qué leyes rigen en esa puesta en escena, en la que a veces somos actores y a veces solo las víctimas?

La novela está estructurada con continuos saltos temporales y desplazamientos del punto de vista. Tanto en el estilo como en el diseño de la obra, Dorelia Barahona eligió la parquedad. Pocas veces sentiremos que su lenguaje se desborda, y muy pocas, quizás ninguna, hallaremos una escena de la que se pudo prescindir. Tal vez lo menos logrado sea el dibujo de los personajes masculinos, pero esto no afecta en el vigoroso impacto que produce el conjunto.

La escritura, plástica y expresiva, abunda en aciertos: “Mira mis dientes podridos, gordo viejo, rinoceronte blanco de peluda espalda, parecía decir su sonrisa. Mira mi cuerpo arrugado por tu desprecio. Esta papada en vez de la barbilla, este sonido oxidado y flemoso a cambio de mi voz...” Y es que Dorelia Barahona posee una capacidad poco frecuente para aprehender el detalle expresivo, los misteriosos, fugaces matices que definen de inmediato a un personaje, un ámbito, una situación. Quizás por ello el lector y la lectora se sentirán aludidos, interrogados y, casi inevitablemente, tendrán que preguntarse, en algún momento, quién está en manos de quién, quién está leyendo a quién...

Novela de la intimidad, inscrita dentro de la tendencia dominante en la actualidad hacia el realismo, De qué manera te olvido viene a enriquecer el cauce de la literatura costarricense: la de los hombres, la de las mujeres... La literatura.