DORELIA BARAHONA-RIERA
Libros

La noche de bodas
Surgió como una colección de cuentos publicado por la Editorial REI en 1991.

Sinopsis:
Relatos donde los personajes, en medio de escenografías perdidas, son interpretados, destazados si se quiere, con el arma de la palabra como cincel, haciendo que sean leídos de una sola vez y que nos dejen convencidos de haber penetrado en naturalezas complicadas, insólitas, pero frecuentes en seres humanos comunes y corrientes, con los cuales se identifica plenamente el lector

LA PERVERSA MORALISTA:
UN VISTAZO A LOS CUENTOS DE DORELIA BARAHONA

Rodrigo Soto.

Me pregunto si fui invitado aquí en calidad de amigo de Dorelia, de amigo del Centro Cultural Español, o en mi condición de escritor. La primera posibilidad que descarto, es la de haber sido invitado como escritor... Es legendaria la maledicencia, la envidia y los celos otelianos ¿u otélicos?-, que envenenan las relaciones entre los escritores... Máxime cuando, como en este caso, se presenta el libro de una colega considerada entre los escritores más interesantes y provocadores de la actualidad, en nuestro país.
En mi condición de escritor, los celos estarían –están-, plenamente justificados, puesto que luego de ganar un concurso en México, Dorelia publicó su primera novela en ese país, en tanto la segunda será á publicada en breve en Madrid...

En calidad de amigo del Centro Cultural Español, sí que puedo haber sido invitado, ya que con esta institución, y con las personas que aquí trabajan, me une una vieja y entrañable amistad. Pero temo que en esta condición no tenga mucho que decir sobre el libro que hoy nos reúne. Asumo, pues, que me invitaron a participar aquí como amigo de Dorelia Barahona. Quienes conocemos a Dorelia, sabemos que ella es una persona incómoda. Incómoda, porque no se resigna a ese modo de ser -¡tan tico!-, según el cual todos los gatos son pardos y todos nosotros “hermaniticos”. Para empeorar las cosas, Dorelia no es el tipo de persona que acostumbra callar lo que piensa, de modo que a menudo la encuentro envuelta en tremendos embrollos babélicos...

Pues bien: también son incómodos los cuentos incluidos en el libro que hoy presentamos. Quienes conocemos a Dorelia, sabemos también que ella es una persona inteligente. (A menudo "sufrimos" los latigazos de su inteligencia). Pues bien, son igualmente inteligentes los relatos comprendidos en el volumen "Noche de Bodas".
Y quienes conocemos a Dorelia sabemos, además, que ella, al igual que toda su familia, es obsesiva, incansablemente trabajadora, y los relatos comprendidos en este volumen son testimonio fiel de ello.

Incómodos. Inteligentes. Y pulidos como cristal de roca. Eso es lo que digo de estos relatos. El sentimiento de incomodidad que genera la lectura de "Noche de Bodas", ha producido, lo que llamaré a falta de mejores palabras, "ambigüedad moral".
A primera vista, se diría que en los relatos que integran este volumen, las fronteras entre el bien y el mal no aparecen claramente definidas. Luego, uno comprende que esto sucede simple y llanamente porque el bien, el Bien -ojálá, con magníficas y relucientes mayúsculas-, no aparece por ninguna parte.

En el mundo de los personajes que habitan este libro, todo vale, todo está  permitido: nadie duda de utilizar a los demás para sus fines, de instrumentalizar a los otros, de juguetear con ellos, como lo hace un gato con el ratón, antes de dar el zarpazo definitivo. Es un mundo determinado casi exclusivamente por relaciones de poder y sumisión, en el que el amor, la amistad, la fraternidad y todas las cosas amables, nobles o reconfortantes, se desdibujan o han desaparecido. De esta forma, Dorelia nos obliga a ser cómplices de lunáticcos, pederastas y asesinos...

Sí: Dorelia nos coloca, como lectores, en la posición del cura Sandomingo, quien medita de la siguiente forma, en el que considero uno de los relatos más logrados del conjunto: "Había conseguido que su mano sacara el monstruo que tenía dormido, el monstruo de la furia que todo ser humano lleva dentro de sí y que una vez despierto no vuelve nunca a dormir. Hizo que el muchacho conociera su propia maldad y se satisfaciera con ella..."
Salvando las diferencias entre el personaje del cuento y la escritora perversa, Dorelia hace algo parecido con nosotros: provocar, juguetear con nuestros bichos tenebrosos y obligarnos a aceptar que están ahí.

Excepciones a lo dicho son, a mi juicio, los dos últimos relatos del volumen: "Parábola de la Iguana" y "Casi un cuento de niño", en los que se advierte la intención de comunicar una idea o un mensaje moral. Dicho de paso, los considero los relatos menos logrados del conjunto.

Sin embargo, tampoco diría que la intención de Dorelia con los relatos de este libro sea provocar, ni mucho menos escandalizar -el escándalo es siempre demasiado fácil-, ni nada por el estilo.

Mi primera impresión es que Dorelia es ante todo fiel a su mundo narrativo. Como atraídas por el influjo de la ley de la gravedad, sus historias se precipitan hacia el final, y ninguna consideración extra literaria es pertinente para cambiar el curso de los argumentos.

Pero frente a este mundo denso, de  ángeles de los que ni siquiera podamos decir que hayan caído, pues la memoria del paraíso parece haberse borrado por completo, la posición de la autora nunca queda en tela de juicio. Aún más: me atrevo a decir que eso, que a primera vista se nos mostraba como ambigüedad moral, no era otra cosa que una manera disfrazada de orquestar un discurso moral. Tras la "perversión" de sus personajes y argumentos acechaba, si no la moralista, al menos algo muy parecido... Pues sea a través del humor, de la ironía o del sarcasmo, Dorelia Barahona se manifiesta y toma partido. Es como si ante un mundo como este, perdidamente perdido, nos quedara apenas el recurso del humor: la sonrisa amarga o la ironía rabiosa –mitad bronca, mitad condescendencia, mitad desesperanza y mitad resignación-.. Una sonrisa de cuatro gajos, ácida como un limón.

Lo que me lleva al que considero un segundo aspecto destacable de estos textos.
Decía que estos son relatos inteligentes. Agrego ahora que lo son, ante todo, por el recurso constante a la ironía y a un cierto tipo de humor negro. ¿O no es patéticamente risible el escritor que en "Química perfecta" desahoga sus frustraciones en fantasiosos textos eróticos? Para no hablar de "Cóctel", retrato amablemente cruel del mundo diplomático, o del humor esperpéntico de "Nunca toques órganos desconocidos", delirante invención narrativa, tan disparatada como la Máquina de Bandergraf que se menciona en el relato. La enumeración podría extenderse a casi todos los cuentos del volumen.

La anoto aquí, simplemente, al tiempo que me atrevo a interpretar -conociendo como conozco a mi amiga-, que para ella, para Dorelia Barahona, el humor es, en efecto, el último recurso de la inteligencia para no hundirse en la desesperanza de un mundo que parece haber perdido todo su belleza, toda su plenitud y todo su sentido.
Quizás el trabajo -el trabajo concienzudo, terco, obsesivo-, es lo único que, en los relatos de Dorelia, redime a sus personajes del absurdo y les devuelve el sentido. Como la tía Elena de "Parábola de la Iguana", capaz de levantar de la nada una floreciente empresa familiar, Dorelia Barahona construye, a partir de la página en blanco, un mundo narrativo denso, intensamente trabajado y pulido.

Pues aunque haya sido invitado aquí como amigo de Dorelia, diré, como escritor, que lo que más envidio a la autora es su capacidad para poblar su mundo narrativo con olores precisos, colores definidos, formas reconocibles, personajes y rostros tangibles. Su capacidad para nombrar lo concreto, para dinamitar las abstracciones indefinidas y estimular nuestra imaginación con el detalle revelador y significativo.
Me consta que en el caso de Dorelia esto es fruto de largas horas de trabajo frente a la máquina. De la misma forma, me consta que, en la vida de mi amiga Dorelia Barahona, la creación literaria, que García Márquez llamó "el oficio más solitario del mundo", es fuente primordial de plenitud y sentido.

Si además de ello, sus relatos son capaces de incomodarnos, de inquietarnos, pero al mismo tiempo de entretenernos y de divertirnos, no veo qué otra cosa podemos pedir. Y esto lo digo en mi doble condición de lector y de amigo.

Termino hablando en calidad de visitante asiduo del Centro Cultural Español: ¡Callate ya, Rodrigo!