DORELIA BARAHONA-RIERA
La noche en que las ranas se callaron

Como no conseguía trabajo, a Lupe le pareció lo más normal del mundo seguir estudiando.

"Alguna especialización habrá para mí", les comentó a sus padres una de las noches más lluviosas del año, cuando ni siquiera sonaban las ranas.

E1 papá de Lupe guardó silencio por un par de larguísimos minutos, al cabo de los cuales le contestó que consideraba una majadería esa pretensión que Lupe mantenía con la vida. Como si la vida estuviera obligada siempre a premiarla. "Las cosas se ganan con el sudor de la frente" le dijo finalmente.

Lupe buscó la mirada de su madre tratando de encontrar algún apoyo en ella. La madre empezó a abrir la boca, lentamente, como si quisiera ordenar una hamburguesa desde la mesa en un restaurante de "sírvase usted mismo".

"Yo creo -empezó a decir la mamá-, que Lupe..."

"El que paga la comida de todo el mundo en esta casa soy yo",habló rápidamente el papá. "Así que -se dirigió de nuevo a Lupe- por muy lista que seas, tenés que trabajar. Si querés seguir estudiando, ya es por cuenta tuya y si no, ya sabés donde está la puerta."

No hubo "pero" que valiera. Lupe, furiosa, tomó su bolso y salió a la calle.

"Llévate una sombrilla!", le gritó su mamá. Pero Lupe no oyó y ya en la calle se encontró con que el agua le llegaba hasta la médula de los huesos, por lo menos de los huesos de la cabeza.

La calle parecía una cinta de petróleo líquido por la que corrían, como un collar disparejo, los faroles, deteniéndose en las lagunas creadas, aguacero, tras aguacero, entre las zanjas y los huecos. Lupe, inmobilizada por la cólera, se detuvo para observar cómo la luz de los faroles era destruida cada vez que pasaba un carro. La luz fragmentada era lanzada al igual que gotas de fuego sobre mesa de ónix. Rápidamente, desaparecían bajo el río de agua que seguía corriendo, indiferente, hacia el desagüe más próximo.

En ese momento, así sentía Lupe que era su vida: la luz de un farol reflejado en un hueco de una calle, expuesta a que la destruyeran las llantas de cualquier vehículo.

Empezó a llorar. ¿Sería ese el momento de independizarse? Su papá no la entendía y su mamá guardaba siempre silencio. ¿Por qué no se ponían en su lugar? ¿Para qué servían los padres si no eran capaces de ayudar a sus hijos? Caminó. Hacia arriba, subiendo la gran cuesta que la llevaba al parque. Sintió que sus medias nadaban en agua y oyó el sonido de sus pasos: leves, shhac, shhac que se alejaban de su casa. No volvería. ¡Sí! No volvería a escuchar esos discursos por parte de su padre, tampoco volvería a permitir el silencio de su madre. ¿Y Patricia? Ah, Patricia era más lista que ella. Patricia actuaba, hacía sus planes con la rapidez de un tren en marcha. Sus papás no le seguían la pista ni de largo. Pero tenía que llamarla, comunicarle por lo menos su decisión.

Cruzó el parque diagonalmente en busca de una cabina telefónica. Esperó pacientemente a que se desocupara el aparato. Sabía que ese teléfono era usado para largas reconciliaciones amorosas. Servía hasta para rogarles a los hombres que pagaran sus pensiones alimenticias.

Se sentó en la banca techada donde se esperaba la llegada de los autobuses. ¿Cuántas veces se había sentado en aquella banca? ¿Dos mil, tres mil? Pasaron unos niños, igualmente empapados, ofreciéndole lápices y mentas. Recordó cuánta miseria había en su país. ¡Tanta indigencia una noche de tormenta!

Finalmente el teléfono se desocupó y dichosamente contestó Patricia, su hermana, contestó.

- Lupe, ¿dónde estás?

- En el público del parque.

- Pero, ¿estás loca?, te vas a enfermar. Volvé, papá salió para su reunión de partido.

- No, Patricia. Ya no pienso volver a la casa.

- Pero Lupe, ¿cómo me vas a hacer eso? Dejarme a mí sola con toda la carga.

- Lo siento, pero creo que ya es hora de que haga mi vida. Además, no quiero ser una carga.

- ¿Cómo se te ocurre?...
- Voy a pasar la noche donde Carmen y mañana te hablo, ¿okey?

- Bueno. Pero cuidado mañana no me llamás.

- Decile a mamá que estoy bien. No, mejor no le digas nada.

Lupe cuelga y sale de la cabina. Sube de inmediato a un autobús que se aleja, bajando de nuevo la cuesta, hundiendo sus llantas en los huecos, esparciendo los fragmentos de luz sobre la mesa de ónix que se desliza, delgada, hacia el centro de la ciudad.

"¡Mamá, era Lupe, que se queda a dormir donde Carmen porque mañana empieza a buscar un trabajo para pagarse un apartamento donde ella y yo vamos a pasarnos a vivir!".

Patricia dice esto mientras abre la nevera para tomar su acostumbrado vaso de leche nocturno.